Sin fisuras, Los Piojos desbordaron un estadio que, una vez más, se rindió a sus pies.Pulgares arriba: La paliza que le dieron a River. A un River que ya venía agitado por el set de Divididos. Y va un detalle interno. Raras veces los que trabajamos en los shows tenemos acceso a lugares como el mangrullo o al escenario mismo. Sin embargo, en esta ocasión, quien escribe tuvo la chance de estar en ambos lugares. Y ver, desde el borde mismo del escenario, cómo un estadio lleno salta, con la banda a pocos metros, da la idea –por un instante- de lo que pasa por la piel del músico y de lo que provocan sus notas en la multitud. Ver a Andrés Ciro caminar la pasarela, joroba, capucha y renguera, entonando Fantasma, mientras decenas de banderas multicolores saludan su paso es un buen punto de partida para comprender porqué Los Piojos pueden poner un estadio al borde del delirio.
No importa qué canción. Elijan una de las 22 que tocaron y el efecto será el mismo. Éxtasis. Aun en la mansedumbre de Difícil y la gran Bicho de Ciudad. Ni hablar de cuando la lista acelera y va al hueso con los hits de siempre.
Por esto hablarán de ti: hubo grandes versiones, pero de elegir algunas vale destacar Maradó (“un tropezón no es caída”, dejó en claro Andrés Ciro), Pacífico (dedicado “a los héroes de Malvinas, a los que quedaron allá y a los que volvieron”) y el final con 5 que estaban fuera de lista: Superstition (originalmente de Stevie Wonder e incluida en el disco solista de Chucky) y Ruleta, con la intro del mismo Chucky y la panzada del adiós con Desde lejos no se ve, El Viejo, Around and Around/ Zapatos de Gamuza Azul.
Rumores aparte (en algún momento se escuchó el “y Tavo no se va” y prometieron un Club Ciudad para el 14 de Mayo), Los Piojos recogieron el guante arrojado por los participantes extranjeros del Quilmes Rock y sortearon el desafío con la eficacia de los que hacen de un estadio gigante, el living de su casa.
Texto: Santiago Bluguermann







